Una de soldados

“Y, ¿No pueden los soldados argentinos intervenir en Chile para que pare esto, Profe? me dice casi en un susurro el estudiante de la primera fila.  Con reflejos docentes,  inmediatamente pienso en la profesora de Política y Ciudadanía y en su segura impericia al frente de esa materia. Luego reflexiono acerca del origen del pensamiento estratégico que acababa de enunciar Marcelo.  Entonces recuerdo dos cosas.  La afición imparable a la play station de esta generación escolar y el hecho de que el principal deseo  de Marcelo es entrar al ejército.  Hace rato que trato de convencerlo de que no lo haga pero ya es tradición que muchas veces, lxs estudiantes más atentos  suelen querer entrar a  (el lado oscuro de) las Fuerzas de seguridad.

Marcelo insiste y , una vez superada la confusión, le digo.  “Lo más probable considerando la historia de los militares argentinos , es que  ayuden a sus colegas chilenos como ya lo han hecho en el pasado.”  Claramente, él no está pensando en entrar en la Fuerza para secuestrar y matar como le cuenta que hacen los Carabineros, su amiga chilena de Instagram. Pero lo provoco para que desista de su decisión.  Por un momento, me pongo en el lugar del futuro instructor militar frente a una gran cantidad de “marcelos” que imaginan que entran a la institución para combatir las injusticias contra el pueblo.   Todo un desafío docente para el educador en las artes militares del estado.  Quizás tenga que recurrir al imaginario estudiantil construido en contacto permanente con los valores que promueve “la play” pero va a tener que elegir un juego donde policías maten terroristas.  Recuerdo que,  hace un tiempo no muy lejano, jugaban al “Counter Strike” que recrea precisamente ese escenario de combate.

A continuación alguien pregunta acerca del toque de queda, término que conocieron en estos días a través de los noticieros que, acompañaban el concepto con imágenes de represión en el país vecino.  Justo habíamos terminado la árida parte de Lógica en el encuentro anterior, ahora tocaba Etica, así que “fuerzo” levemente el temario y lo  desarrollo hacia dos preguntas. ¿Qué puedo hacer? Y ¿Qué debo hacer?  Todxs se muestran interesadxs sobre todo cuando les recuerdo que cuando yo tenía su edad, los militares  secuestraban y mataban en perfecta sintonía en ambos lados de la Cordillera.  En general coinciden en que las dictaduras están mal y que hay combatirlas.  En mi época de estudiante esta convicción no era mayoritaria y celebro el cambio aunque advierto que muchos creen que los militares son inofensivos.  Me parece que la clase que viene empiezo con Foucault.

El poder de la carne

 

Se aproxima el fin del ciclo lectivo y empezamos a pensar en el acto de egreso. Estamos en un Cens (antes Bachillerato de Adultos) y para las personas que allí concurren , en su mayoría personas mayores, terminar la escuela secundaria representa un antes y un después en sus vidas. El poder de la escuela y sus rituales de pasaje. Es por este motivo que me parece importante que tengan una despedida aunque sabemos que en la escuela no hay recursos que lo permitan.

Pienso que es una buena oportunidad para para afianzar vínculos, organizarnos, autoorganizarnos, profesores y estudiantes. Pero la tarea no resulta sencilla y mi propuesta no es muy original: rifar una canasta de alimentos para juntar dinero. Los productos los aportamos lxs profes, lxs estudiantes se encargar de vender los números. La iniciativa es recibida como se reciben las consignas de algún trabajo práctico: no hay entusiasmo, emerge la disposición al reclamo y la queja por tener que comprometerse, predomina el individualismo.  Algunxs proponen que es mejor poner un poco de plata cada unx y de ese modo garantizar los recursos que necesitamos. Pienso que en el mismo territorio que vio emerger iniciativas potentes como la del Movimiento de trabajadores desocupados de Solano ( Mtd) hace más de 20 años, hoy la disposición subjetiva para la autoorganización está quebrada, anulada por el asistencialismo que nos deja  pasivos, a la espera del don del estado, impotentes.

Pero de un costado del aula emerge una voz que advierte: poner la plata puede ser más cómodo pero hacer una rifa implica otro compromiso, tenemos que discutir, ponernos de acuerdo, pensar cosas juntxs, y eso genera lazos, es enriquecedor. Casi como por obra de magia, o de la persistencia, la iniciativa prende en el curso, se piensan alternativas, se discute como se haría, se eligen delegados para ir a hablar con el otro curso que también se egresa. El consenso es en torno a la iniciativa de la rifa, pero se duda que sortear. En un momento de crisis, la idea de la canasta me parece buena iniciativa, sin embargo no interpela demasiado y no logro advertir por qué.

En el recreo se acercan dos mujeres. “Profe, te vamos a decir por qué la canasta no va. ¿Vos sabes cómo hacen las personas acá para proveerse los alimentos? Te los baja la cooperativa, y si te quedas corta te vas a una marcha y te dan otro bolsón. Pero, ¿qué es lo que la cooperativa no te baja? La carne profe, la carne, acá la gente está desesperada por un poco de carne. Eso es lo que tenemos que sortear, y te la sacan de las manos la rifa”

De la explicación pragmática, materialista, sociológica de la estudiante a la promesa de campaña del asado que hace Alberto Fernandez. Todo cierra. Decidimos que esa sera la rifa y nos ponemos a pensar en el poder de la carne,,,

Lo único bueno que hizo

El chirrido del ventilador atado con unos alambres a la mampostería del techo nos ubica: estamos en una de esas tantas escuelas del conurbano sur cuyo deterioro es galopante. Es día viernes, el aire está espeso y el aula está silenciosa si no fuera por el bamboleo del artefacto que amenaza con su caída. En un paneo general advierto que todxs lxs presentes son adultxs. Me digo que atrás quedó el tiempo del  Bachillerato de Adultos cuya matrícula estaba conformada por el “residual” de la secundaria, como solían decirle  a lxs repetidores que, en general, mostraban mucha resistencia a adaptar su comportamiento a las reglas de la institución.

Las caras son de expectativas y para estar a la altura de las circunstancias pongo mi mayor esmero en ejecutar del mejor modo la performance que supone dar clases. El clima es denso y luego de presentaciones varias, les doy la palabra para que ellxs hagan la suya. Como es de esperar, las historias son diversas pero en algo coinciden. La mayoría está ahí para cumplir con el requisito que exige el nuevo sistema de planes sociales. De “Argentina trabaja” a “Hacemos futuro”: ahora su trabajo consiste en estudiar y realizar cursos de oficio. Cada unx se reconoce en la historia del otrx: no llegan a fin de mes, perdieron su trabajo y vuelven a la escuela para terminar el secundario que les permitirá acceder a mejores condiciones de trabajo. A su vez, las cooperativas ya no realizan los trabajos de mantenimiento y algunas mujeres señalan la dejadez en el barrio. Entre todxs se retrata la escena del conurbano en tiempo de crisis. Finalmente una mujer resume lo que es un poco el pensamiento de todxs. Luego de un silencio me dice, acá estamos profe, Macri nos mandó a estudiar, lo único bueno que hizo.

Frente a tanta unanimidad no hago comentarios pero en el viaje de vuelta me quedo pensando acerca de “lo único bueno que hizo” Macri. Pienso en los salones atestados de madres que asisten a clases de manera obligada, recuerdo que muchas no tienen con quien dejar a sus numerosas criaturas y la dificultad que esto genera para dar clase. A su vez me pregunto si el trabajo que antes hacían en las cooperativas eran una mejora respecto de su actual hacinamiento en las aulas con sus hijos. Son muchas las  preguntas, son pocas las respuestas convincentes. Sospecho de las medidas reparadoras con las que el Estado pretende subsanar la desigualdad de la que vive.

Prisioneros…

“Somos prisioneros de los patrones” afirma la señora mientras vemos que la lancha colectiva pasa de largo ignorando nuestras señas desesperadas. Estamos en el muelle y la señora, que no tiene aspecto marxista, no se refiere a la patronal tal cual la padecemos sino al nombre que, en la isla, se le da a los choferes de la empresa Interisleña. A los que por cierto, también padecemos.

Luego de una navegación tranquila en una lancha repleta, llego a Tigre donde toca hacer tiempo antes de ir a clase.  Entro a la estación de servicio  que tiene un café muy aceptable y advierto que  los parroquianos miran hipnotizados la televisión.  Allí vemos el recurso de una pantalla dividida en tres partes mientras que en el zócalo se muestra la cotización del dólar.  La primer parte de la pantalla enfoca el Banco Nación,  la segunda se concentra en una movilización que rumbea a Plaza de Mayo y en la tercera vemos la casa de Alberto Fernandez.   El poder económico, los trabajadores en la calle y la insólita nueva “sede” de Gobierno parecen ser una síntesis adecuada de los tres focos de poder. Capital, democracia representativa y protesta callejera.   El palacio y la calle.

Tomo el 720 y me bajo en Rincón de Milberg. Veo que el boulevard que desemboca en la escuela está en plena “refacción electoral” como, más tarde, me advierten socarronamente los auxiliares que hacen control de puerta frente a una turba adolescente, que pugna por entrar al establecimiento.  En la clase de hoy toca pensar teoría del conocimiento y en particular, la diferencia entre el tipo de verdad característica de la ciencia y las verdades que se sustentan en creencias.  Dada la situación caliente utilizo de ejemplo el concepto de pobreza.  Despliego una serie de estadísticas “objetivas” que dan cuenta de la cantidad de ingresos que tipifican a una familia como pobre.  Luego les pregunto cómo se definen y casi unánimemente se perciben  como pertenecientes a la clase media, sin embargo, buena parte del salón está bajo la línea de la pobreza considerada esta por ingresos. Les pregunto cómo se percibe la situación económica en las casas. Una chica, afirma con timidez, que en la casa se están salteando una comida. Hay días que sólo almuerzan, hay días que sólo  cenan. Un silencio recorre el aula.  Les comento entonces acerca de la movilización que vi en la tele.  “¿Para qué se movilizan, profe?” preguntan varios.  Suena el timbre.  Me retiro caminando por el boulevard en ruinas y resuena en mi cabeza la frase mañanera de la señora.  Somos prisioneros de los patrones, parece.

El grupo de las madres

Escuela primaria, Tigre.

Maestro joven, Chaqueño, soltero, en bicicleta.

Es quinto grado, 2019.

Este grupo de alumnos arrancó 2016 con “la hora de la meditación”. En realidad diez minutos. Respirando. Y llegó a 2019 con leyendas evangelistas en el envoltorio de los alfajores del Estado.

Maestro joven es amistoso, amigo de los chicos. Evidentemente tiene frescos sus conocimientos: plantea a los alumnos autocorrección.

Desde la reunión inicial, para el grupo de las madres es candidato a víctima: joven, morocho, varón, Chaqueño. En bicicleta. Arrecian los mensajes hasta que sin que haya transcurrido un mes piden la cabeza del maestro: que lo echen. ¿Sus faltas? La citada autocorrección. Trabajos resueltos en forma de organización “asamblea”. Adivinan además una timidez, una inexperiencia. Una falta de autoridad. Corrigen sus correcciones y sus lecciones.

El grupo de las madres se reúne con la Directora, la de la hora de  meditación. Ésta responde con sistemáticas, reiteradas y a esta altura – y desde el principio -, persecutorias observaciones de la clase del maestro y los chicos. Y obliga además al resto de los docentes de la escuela a observar las clases del colega y compañero. Las docentes, rechazando la complicidad en un caso de acoso laboral con todas las letras, atinan a franquear la situación frente al alumnado: “Nunca, pero nunca hemos dado una clase como las que imparte el colega. Hermosa. Ustedes, chicos, ¿qué piensan?”

La pelota pasa finalmente a los chicos. Que a su vez preguntan en casa qué sucede con su querido maestro.

Las correcciones del grupo de las madres no eran buenas. Sus observaciones, menos. No tenían buenas intenciones ni se ajustaban al tema y objeto de estudio. Sus percepciones, mezcladas con manchas del aparato de comunicación del gobierno y empobrecidas en los mensajes de texto que promueve la comunicación impersonal y brevísima de las redes sociales, quedan como huella de un rasgo de época en la que los laburantes promueven el liso, llano e inmediato despido del laburante que guía la educación de sus propios hijos.

Y luego se pasó al tema de los buzos de egresados.

El Invierno esta llegando

Estamos en la escuela técnica de Tigre pero quien toma la palabra es una estudiante oriunda de Costa Rica.  Es una de las dos mujeres que están cursando el quinto año de electromecánica junto a unos 28 varones, que la escuchan atentamente.  “Entonces el lunes, que vienen los padres a la reunión, todos traemos frazadas para mostrar que tenemos frío” Un estudiante comenta por lo bajo  que tiene vergüenza de traer la frazada en el colectivo y otros asienten con la cabeza pero nadie contradice a la oradora centroamericana que continua. “Y si el viernes no pusieron las estufas entonces cortamos la Cazón”  Varios estudiantes se cruzan miradas aprobatorias y cuando quiero decir algo, suena el timbre y automáticamente todos se enchufan a sus celulares.  Aprovecho el momento zombie del estudiantado y voy a la sala de profesores.

Cuando abro la puerta escucho que varias profesoras se preguntan si se van a suspender las clases por las bajas temperaturas, como viene sucediendo en varias escuelas. Una profe nos cuenta, entonces, la intervención del delegado estudiantil de su curso. El discurso del estudiante es muy similar al antes mencionado,  en el sentido de alentar  “el frazadaso” aunque, jocosamente, advierte acerca de lo que no se debe hacer aprovechando la impunidad que brinda dicho elemento.  El invierno llega y los problemas de infraestructura siguen en la misma situación que el año pasado. Los números son elocuentes.  Alrededor de 3000 estudiantes repartidos en 15 escuelas son afectados por las bajas temperaturas y la indiferencia de quienes están a cargo de la infraestructura escolar. Se repite la misma secuencia del año pasado, la deliberación en asamblea de docentes, padres y estudiantes, el reclamo a alguna arquitecta que hace promesas con cara compungida y la propuesta de hacer jornada reducida con la consecuente pérdida de clases.

Los problemas persisten pero también insiste la asamblea como un método casi natural de deliberar y actuar.  Cualquier directivo sabe que si convoca a una reunión de padres, estos inevitablemente van a transformar la reunión en una asamblea. Es notoria la incomodidad que tienen aquellos (acostumbrados a dar órdenes) cuando se encuentran de manera imprevista,  bajo el fuego cruzado de madres y padres exaltados que, al mismo tiempo y de manera caótica, exigen respuestas y proponen soluciones. En la técnica del centro de Tigre, en la secundaria de Baires  o en la escuela de la isla se debate en modo asambleario como poder educarse en condiciones adecuadas.  Sin embargo,  la asamblea sigue siendo, por ahora, solo un recurso extraordinario frente a la ausencia de respuestas de los funcionarios.  Solo en algunas ocasiones aparece la idea de que la asamblea puede ser una manera ordinaria de pilotear la realidad cotidiana de la escuela. Una ocasión para que el pueblo delibere y gobierne sin representantes.

Corte de Río y Asamblea

 

Es la mañana del sábado y el paisaje en la estación fluvial no es el habitual. Las lanchas colectivas descansan en los márgenes del río y desde sus embarcaciones, los prefectos miran con atención a lxs manifestantes. Los botes van llegando lentamente a la cita.  Desde la rampa se ve que algunxs de sus pasajerxs empuñan sikus, otrxs bombos y charangos. Una pancarta anuncia: “Casa Puente. Resistiendo en el Humedal”. En unos pocos minutos, se juntan varias decenas de embarcaciones  que van completando el anunciado corte del río Tigre. En el acceso a las rampas algunos volantes denuncian un aumento del 118 por ciento para los boletos de los turistas. Los pasajeros en pre embarque esperan debajo de un enorme cartel que anuncia: “Hubo aumento de tarifas, hay corte de río”.

casa puente

Abajo, en el río, se escucha cada vez más fuerte la música.  Se escuchan nítidas unas voces que hablan de elegir vivir en la isla. Arriba en la fluvial, se suman al coro reclamos de subsidios al transporte dirigidos al gobierno bonaerense. La voluntad es común y consiste en resistir el vaciamiento de la isla en el que están empeñados  gobiernos de todos los signos políticos. Más tarde, en la asamblea se explica cual es el objetivo que persiguen.  Se trata de desalojar a sus habitantes para ofrecer las tierras a los emprendimientos empresariales.  La población trabajadora de la isla es un obstáculo para el libre desarrollo del capital,  por eso se los “invita” a retirarse.  Se aumenta el boleto, se cierran escuelas, se desaloja familias.

En la asamblea conviven quienes estaban abajo, en el corte del río, y quienes esperaban, arriba, hablando con los escasos medios que se hicieron presentes. Pululan los políticos en campaña, los abogados y los especialistas que hablan de pedirle al estado, de recursos de amparo y de derechos. Pero también se hacen presentes quienes hablan de habitar la tierra, de autonomía y de que la comunidad gestione el transporte.

Se empieza a formar una cola de pasajeros que intuyen que el corte se termina cuando escuchan el motor rugiente de las lanchas colectivas.  Los manifestantes se saludan con afecto, bajan al río y retiran sus botes de las rampas. Todxs tienen claro que nos volveremos a ver en breve, que es apenas el primer round de un largo combate.

corte de rio