Volveremos

El debate sobre el regreso a las escuelas se ha instalado en las últimas semanas. Sin embargo, se trata de un debate bastante peculiar, ya que las voces de quienes habitan efectivamente la cotidianeidad escolar, docentes y estudiantes, permanecen en silencio. ¿Por qué estas voces no se hacen escuchar? ¿Será que no tenemos nada que decir?

Dos escenas retratan bien la situación en la que estamos. La primera, la voz de un niño que se popularizó en un video de youtube donde dice que no puede más con la virtualidad y el estrés que le genera la cantidad de tarea que mandan. No siente su cerebro y pidió a su mamá que cuando termine todo esto lo lleve al psicólogo, porque no puede más. Tiene conectividad para asegurar que la máquina de enviar tareas siga funcionando, pero ésta no logra sustituir algo que resulta irremplazable al momento de aprender: el encuentro con otrxs.

La segunda es la escena de quien podría ser la maestra que demanda ese niño. En este caso, se trata de una directora entrevistada por un periodista sobre su oposición al retorno a las escuelas según el protocolo de la ciudad de buenos aires. La maestra esgrime que no fueron consultadxs sobre cómo debería ser el retorno a las aulas y su insistencia sobre este punto nos parece una crítica que da en el nudo de la cuestión, pero todo se complica cuando la interrogan acerca de cómo piensa que debería ser este regreso. La docente, que conoce muy bien la realidad de su escuela, no puede dar respuestas, ni una idea.

Esta incapacidad de pensar cómo volver a las aulas no es algo particular de esta maestra, sino que expresa la situación general en la que nos encontramos. Quienes conocemos mejor que nadie la realidad de nuestras escuelas resignamos ese poder que nos otorga el estar-ahí-con-otrxs a la espera del protocolo malintencionado a rechazar, o bien intencionado y razonable a aceptar en función de su color político. Lo que predomina es el acatamiento, pero no el pensamiento. 

Incluso cuando dentro de estas propuestas aparecen cuestiones indeterminadas, el sentir predominante es el del completo desconcierto. Cuando aparecen pequeños márgenes de acción lo que predomina es la negatividad y la impotencia. Un vacío se abre ante nosotrxs cada vez que en las escuelas aparece la mínima posibilidad de decidir algo por nosotrxs mismxs y nadie parece estar muy interesado en habitar esas posibilidades. No podemos dejar de pensar que es precisamente esto lo que aprendemos y vivenciamos en la escuela durante años: son otrxs quienes deciden.

¿A qué escuela quisiéramos volver? puede ser la pregunta para adentrarnos en un  ejercicio de imaginación radical. Ensayamos algunas respuestas. La escuela a la que quisiéramos volver tiene en primer lugar libre circulación, es una escuela con puertas abiertas de par en par porque la idea es que nos quedamos adentro porque nos gusta lo que hacemos, entonces nadie tendría necesidad de escapar. Una escuela en la que el saber no se encuentra organizado en materias, compartimentos estancos que se van sucediendo en una seguidilla muy loca que extrañamente hemos naturalizado. En esta escuela no habría aulas, ni grupos fijos, ni distribución por edades, todxs aprendemos mezcladxs. Una escuela que organiza el trabajo en función de lo que consideramos que es necesario saber o aprender, en función de los intereses y deseos de cada persona. Una escuela donde el aprendizaje no se reduce a trabajos llenos de preguntas que no nos interesan, que no son nuestras, preguntas que incluso ya están respondidas antes de ser formuladas. Una escuela en la que la teoría y la práctica no se encuentren separadas, sino que son parte de un mismo proceso. Una escuela en la que podamos reflexionar colectivamente sobre lo que aprendemos, sobre lo que necesitamos cambiar. 

No sabemos cuándo ni cuántos volveremos a las aulas, lo que podemos dar por seguro es que, de seguir en esta vía, volveremos a la escuela tal como la dejamos en marzo, esa misma que muchxs de nosotrxs solemos padecer. Sin embargo, este padecer no es constante. Podemos pensar la escuela a la que quisiéramos volver porque en algunas oportunidades la experimentamos. Sabemos, quienes pasamos tiempo allí, que la normalidad escolar está atada con alambre y que la crisis permanente en la que se desenvuelve la organización escolar suele ofrecer de manera involuntaria muchos momentos donde nuestra creatividad aparece. Una postal escolar entre tantas puede ilustrar situaciones donde hacemos virtud de la necesidad.

Estamos en una escuela de islas. Lxs directivxs no están nombrados o vienen cada tanto. La situación es crítica y el clima de trabajo “se relaja”, preceptores y profesores se hacen afectxs a las licencias y abundan las horas libres generando una suerte de paseo estudiantil perpetuo por las instalaciones. Este día toca acto. Un puñado de profesores delibera en el muelle qué hacer frente a un panorama que se presenta hostil.  Se decide convocar a lxs estudiantes y hacer una asamblea cuyo único temario es ¿Qué hacemos hoy?  Después de una larga discusión se toman decisiones.  Vamos a dedicar un par de horas al acto del día del trabajo pero con una modalidad distinta. Lxs estudiantes no se juntan por años sino por grupos de acuerdo a la escasa cantidad de profesores presentes. En cada aula se encaran dos preguntas: ¿Quiénes trabajan en la isla? ¿Por qué lxs que trabajamos no gobernamos? Lxs estudiantes contestan, lxs profes coordinan y anotan en el pizarrón lo que van diciendo.  Luego, todxs vamos al salón comedor, donde predomina un clima exaltado por la novedad. Se hace la parte formal del acto y cuando se retira la bandera de ceremonias se arma una asamblea donde se pone en común lo que se trae de los cursos. El cierre se hace brindando con chocolate y pan con dulce mientras se encienden los motores de las lanchas que anuncian la vuelta a casa.

Hoy el debate sobre la vuelta a clases podría ser una oportunidad para volver a pensar en la escuela que queremos. Mientras la discusión siga atrapada en los medios y las decisiones se tomen en un oscuro despacho ministerial es seguro que volveremos a la misma escuela de siempre. Esa escuela cuya organización conspira contra la educación que deseamos. En este tiempo de confinamiento la escuela invadió los hogares y esto posibilitó que volvamos a poner en foco sus fortalezas y debilidades. La vuelta a las aulas puede ser el momento de poner en acto una educación más atenta a los deseos de quienes la protagonizamos pero estamos excluidos de su gobierno.

Un año irrepetible

A veces pareciera que en la escuela la relación con el conocimiento es solo una excusa, porque lo que en verdad se enseña y se aprende, es a formar parte de ese engranaje en el que seremos eternamente niñes que no tienen permitido decidir.

En estos días, en las charlas docentes sobrevuela un debate a partir de informaciones que bajan desde el Ministerio. Las altas esferas están debatiendo si este año vale o no. Si incluso lxs estudiantes que no pudieron conectarse a ese triste remedo de educación que se les ofrece tienen derecho a “pasar de año”.

Suena increíble que alguien pueda querer que se le agregue un año más a su trayecto escolar, en este contexto como en cualquier otro, pero mucho más inverosímil debería ser que esa decisión no esté en sus manos.

Todxs opinan sobre si es mejor repetir o pasar. Algunxs amenazan con los contenidos que habrá que rendir después y los señores de la tv se rasgan las vestiduras sobre cómo es posible que quien presentó todos los trabajos pueda tener los mismos resultados que quien no hizo nada o, incluso, no se llegó a conectar con la nueva versión de esta cosa llamada escuela. Después de todo, el supuesto que flota en el aire es el del esfuerzo y la responsabilidad individual, así como la población es culpable de los contagios porque no se cuida, lxs estudiantes lo son por no haberse esforzado lo suficiente.

La decisión es de lxs especialistas del ministerio, de los guardianes del saber. Parece que si se permite aprobar sin los requisitos habituales, nos dejan sin recursos a lxs docentes para extorsionar a lxs estudiantes y hacer que funcione la máquina de presentar trabajos. Miramos con horror las formas que fue afianzando la escuela durante el aislamiento forzoso, pero en el fondo sabemos que este formato solo exacerbó lo que viene produciendo desde hace rato.

Promover o repetir son la garantía de ascenso o de derrumbe en un sistema que se sostiene con líneas verticales y que aún en estos tiempos, se maneja con castigos. Es la época del año en la que algunxs docentes solo pueden ver todo lo que lxs estudiantes no han hecho en el tren de obedecer, porque en la institución que forma ciudadanxs, responder en tiempo y forma es algo fundamental. Así como el año pasado se citaba a lxs familiares, se enviará esta vez el mensaje por celular o la preocupación vía mail.

Algunxs podríamos intentar averiguar qué contenido imprescindible se aprende en la escuela que justifique en tantas ocasiones que les estudiantes tengan que volver a hacer un mismo año. Preguntarnos qué cosa se implementa a través de estas medidas y cómo, en todo caso, desandamos estas cuestiones. El tema de los contenidos también llama la atención en la escuela del call center, ya que al tan mentado “qué les vamos a pedir con todos los problemas que tienen”, se le suma hoy la pregunta impotente acerca de qué más podemos hacer en estas circunstancias. Vemos entonces cómo los proyectos educativos se van simplificando hasta rozar la pérdida de cualquier sentido o cómo los contenidos se transforman en bajadas de línea repugnantes. Pero otra vez, si miramos con un poco de sinceridad, no podemos dejar de ver que todo esto ya ocurría.  En la escuela de los manuales queda claro que ni docentes ni estudiantes decidimos qué estudiar, cómo ni por qué; pero también se vislumbra cómo, a través del tiempo, las ideas se van simplificando al extremo, los conceptos se desmenuzan hasta casi desaparecer, las preguntas se vuelven falsas, retóricas, insulsas y los saberes son objetos que se copian y repiten.

Quienes habitamos la escuela sabemos que, en la posibilidad de encontrarse y armar grupo, se puede de a ratos desactivar la maquinaria, hacer preguntas verdaderas, pensar entre varixs, producir otros saberes.  Se complica, en estos tiempos, provocar encuentros que activen rondas y cruces, que mezclen ideas y palabras. Pero no dejan de aparecer intereses y deseos que se desentienden de calificaciones y ascensos, que nada tienen que ver con edades ni gradaciones, que rompen la fragmentación de los contenidos o la separación por materias disciplinares y emprenden otras búsquedas. Tal vez esta sea la tarea que tengamos que darnos, la de transitar el camino por el cual solo quienes habitan un espacio deciden qué hacer con él y cómo, desarmar cualquier discurso que pretenda lo contrario.

Pacientes y educadxs

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El encierro y la extensión de este estado de cuarentena -con sus mayores y menores aperturas- pasó de ser algo excepcional a naturalizarse como parte de nuestras vidas, de nuestra nueva vida. Pareciera que hacer alguna crítica en torno a ello nos ubica en un plano reaccionario, conservador, de derecha, y por eso resulta bastante excepcional encontrar alguna voz atrevida que se anime a enhebrar alguna idea desde una perspectiva crítica, de izquierda, anticapitalista.

Algunas situaciones nos interpelaron en este tiempo, ya que muestran claramente el ejercicio del poder sobre la vida.  Leemos en un reportaje que, ante la insistencia de un periodista por el descontrol que representaba el tumulto de cuerpos que hacían filas en cafeterías y heladerías en la Capital, el Ministro de Salud porteño responde que, en realidad, el verdadero peligro no estaba en aquello que vemos sino justamente en aquello que no vemos, en lo que sucede puertas adentro de cualquier casa del llamado Amba, donde las reuniones familiares y sociales se llevan a cabo sin tomar los recaudos necesarios. Otra vez aparece el enemigo invisible, si antes era el virus ahora son las personas que hacen reuniones clandestinas consistentes en visitar al abuelito. Más allá de las reflexiones policiales del ministro, es evidente que mientras públicamente muchxs asumen una defensa acrítica de la cuarentena, puertas adentro la transgreden confirmando así la prohibición. Se desobedece simulando obediencia, lo cual confirma de la peor manera el gesto obediente.

Comentan en la radio que un médico pampeano, director de un hospital, propone confiscar los paquetes de yerba de todos los negocios para que la gente no tome mate y comparta la bombilla, un hábito que en los tiempos que corren se convirtió en una suerte de acto terrorista. Casi como quien castiga a un niño quitándole la televisión o su juguete predilecto, ahora nos sacan la yerba. Advertimos en otros escritos acerca de la infantilización creciente que el gobierno promueve en la población. Una acción no muy lejana a la que María Elena Walsh denunciaba cuando hablaba de un “país jardín de infantes” durante la última dictadura.

Primero libramos una guerra contra un enemigo invisible, pero luego de un tiempo, resulta que la culpable es la sociedad. Y además de ser culpable no entiende. Por eso, utilizando la peor pedagogía ahora nos presentan imágenes de personas entubadas en terapia intensiva para explicar que si llegamos a ese estado ha sido por nuestra entera responsabilidad individual. El miedo se inocula a través de un dispositivo pedagógico. Y como no alcanza con estas imágenes para que entendamos, ahora tenemos especialistas del Conicet que nos vienen a enseñar algo que es bastante obvio, la dimensión humana de la muerte común a todxs.  Suponiendo que nunca habíamos pensado que es importante morir acompañadxs y que necesitamos la legitimidad de la ciencia para entender….todo.

Todas estas situaciones confirman la idea de que la sociedad necesita ser educada. En otras entregas del blog planteamos la idea de que el momento que estamos viviendo pone mucho más de relieve la pedagogización de la sociedad como fundamento del orden social.  Esta idea responde al supuesto de que la sociedad para reproducirse a sí misma necesita, como todo alumno, ser explicada, pues la gente no puede por sí misma entender. Por ello, las palabras autorizadas durante este tiempo son aquellas que provienen de boca de expertxs, infectólogxs, médicxs, investigadores, funcionarios del gobierno que deciden en función de razones científicas. Ellxs son los que saben, nos dicen, y por tanto representan el bien común; es lo mismo que decía Platon hace miles de años para justificar la desigualdad del orden social de su tiempo.

Como estxs sabixs representan el bien común, daríamos por sentando que este no puede ser discutido. En todo caso, el resto de las personas no tienen parte en esa discusión, pues su lugar en todo esto se limita a obedecer protocolos y acatar prohibiciones en pos del bienestar de todxs. Tal como se plantean las cosas, la preservación del supuesto bien común implica, por lo tanto, suspender todo atisbo de interrogación que implique cuestionarlo.

Así como múltiples instituciones se replegaron en el encierro del hogar, ahora podemos ver cómo la lógica de estas mismas instituciones se extiende sobre el cuerpo social. Las relaciones que organizan ciertas instituciones como las que se respiran en la escuela, el hospital o la familia, las encontramos ahora como las únicas explicadoras del funcionamiento de lo social.  Hace una década, un colectivo político nos recuerda que esto no es nuevo y que incluso la lógica hospitalaria derrama en la sociedad:

La dominación ya apenas nos exige ser más que pacientes, en el doble sentido del término: habríamos de soportar y sufrir pasivamente su desastre sin exigir nunca reparación y, al mismo tiempo, tolerar ser dependientes de ella, no como se podría depender de un padre o un empleador —relaciones que siempre reservan la posibilidad de una emancipación—, sino como un paciente depende de su médico, es decir, en una relación cuya interrupción provoca la muerte del paciente mismo. (…) Esta sociedad se asemeja a un hospital donde cada enfermo estaría poseído por el único deseo de cambiar de cama.

 

Durante este tiempo, tanto la vida como la muerte fueron capturadas por el saber científico y biomédico, expertxs en proferir cómo se debe vivir y cómo se debe morir. Hace rato que se viene repitiendo que incluso aquello que se presenta como privado, individual, tiene una dimensión política. Entonces, tal vez se trate de restituir la política a la vida, entendiendo por política no la gestión de lo existente sino la reapropiación de nuestra capacidad de decidir. Tal vez se trate de despedagogizar la vida para asumir la autonomía. Por supuesto no es una tarea individual sino una tarea colectiva

Por una sociedad sin clases

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En una de las tantas charlas digitales en las que la docencia se pregunta por la escuela en los tiempos que corren, una profesora comenta que en un país del norte de África, donde recientemente había llegado la pandemia, el gobierno decidió lisa y llanamente suspender las clases. Luego de las aclaraciones pertinentes sobre la especificidad del continente africano, la herencia colonial o la pobreza, nos quedamos pensando en la potencia que la pregunta encerraba. ¿Qué hubiese pasado en nuestro país si se hubiesen suspendido por completo las clases?

Por unos largos minutos nadie dice nada. Alguien comenta por lo bajo que hubo otras ocasiones donde esto fue así. El sector comunista celebra en silencio la idea de una sociedad sin clases, pero el clima que se instala no parece propicio para el chiste. Nos damos cuenta que hacerse esa pregunta supone interrogar supuestos básicos de la conversación. ¿Qué es la escuela? ¿Qué papel juega en el orden existente?

Intuimos que las respuestas posibles instalan el peligro de la grieta. Quienes creen que la escuela sana y salva. Quienes sospechan que la escuela ayuda a reproducir un orden desigual. Quienes llaman escuela a sus prácticas mejor intencionadas. Quienes están convencidxs que son esas prácticas las que interrumpen una máquina escolar que pretende reconciliarnos con lo injusto. Quienes creen que la lectura y la escritura liberan. Quienes no.

El debate acerca de la lectura y escritura es el que se pone más encarnizado. El estudiantado que aprende a leer y escribir se libera de la ignorancia. Lucha por sus derechos. Se vuelve unx ciudadanx activx que ayuda a otrxs a abrirse nuevos caminos. La maestra especial salta indignada e interrumpe la misa donde se canoniza a la docencia. Sostiene que leer no es abordar otros mundos necesariamente. Y suele suceder que escribir es usar un código siguiendo algunas reglas y leer es reconocer lo que se considera importante para el orden dominante. Por último, hace un guiño a la tribuna comunista cuando sostiene que, a veces, escribir y leer son actividades que se hacen de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo.

El ambiente se caldea, la grieta se ensancha y se arma el griterío. Alguien nos pide calma y que nos concentremos en la pregunta que nos movilizó. Que pensemos qué es la escuela y si colabora o no con el orden que padecemos. Una maestra de Plástica dice que cuando volvamos a las aulas será la oportunidad de refundar la escuela, que hay cosas que no van más, que hay otras que implementar. Algunxs creen que si no cambian las personas entonces no van a cambiar las instituciones; y hay quien dice que si no cambiamos las instituciones entonces no van a cambiar las personas.

Tengo todo listo para intervenir, pero se congela la imagen, y se robotiza mi voz justo antes de que se corte la señal. Adiós Conectividad, una vez más. Tenía la intervención justa para cambiar el rumbo de la educación, pero terminé yendo a hacerme un mate para elaborar la pérdida. Igual, lo que iba a decir no tenía pinta de generarme nuevas amistades. Repasando los apuntes de Sociología había encontrado una cita de Gabriel Tarde que decía justo lo que pensaba sobre qué dejar atrás de la escuela y, sobre todo, qué recuperar.

“No reconocer en lo que respecta a los vínculos sociales, más que las relaciones del amo con el súbdito, del profesor con el alumno, de los padres con los hijos, sin tomar en cuenta las relaciones libres entre iguales (…) es cerrar los ojos para no ver que la educación que los niños se brindan libremente en las mismas escuelas al imitarse los unos a los otros, al oler, por así decir, sus ejemplos mutuos, o incluso los de sus profesores, los cuales interiorizan, adquiere mucha más importancia que la educación que reciben y soportan por la fuerza”.

Mientras intentaba reconectarme sin éxito, pensaba que el sociólogo del siglo pasado daba en la tecla para explicar lo que estamos viviendo en una sociedad que, hoy más que nunca, se parece a sus instituciones escolares y familiares. Y lo difícil que nos resulta escapar de las relaciones jerárquicas y ensayar “relaciones libres entre iguales” que nos permitan experimentar una educación y una vida donde las decisiones no las tomen otrxs en nuestro nombre.

Qué aula nos ofrecen las aulas virtuales

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Hace unos días leí en el diario una entrevista a un pedagogo argentino que circuló bastante en el ámbito docente. En ella deslizaba la idea de que durante este tiempo la escuela mostró su peor cara en lo que concierne a la continuidad pedagógica. Esta suerte de burocratización de la relación entre la tarea, la resolución y la corrección de la misma de la que nos habla no es algo particular de este momento, sino que ya lo encontrábamos dentro de los muros de las instituciones educativas. Tal vez, lo particular de este momento sea el hecho de que todas estas cuestiones, este modo de concebir y de practicar la enseñanza, quedaron mucho más expuestas, se hicieron demasiado evidentes en una escuela que sigue operando de manera dislocada, en una suerte de aulas a cielo abierto donde lo que allí sucede queda a la vista de todxs.

Después de varios meses de habitar este terreno de experimentación que supone la virtualización de la educación podemos intentar hacernos nuevas preguntas, no con la intención de proveer respuestas acabadas, pero si con la perspectiva de comenzar a elaborar algunas  intuiciones sobre lo que se nos impone, sobre lo que vendrá, y sobre lo que haremos con ello.

¿En qué se convirtió la escuela hoy a partir del pasaje forzado y masivo de la enseñanza a lo digital? ¿En qué se (re)convirtió la enseñanza bajo el nuevo formato de las aulas llamadas virtuales?

Muchas veces cuando pensamos la digitalización de la enseñanza o la llegada de las Tics a la escuela, lo hacemos únicamente considerando la cuestión de los medios, del acceso y disponibilidad de dispositivos tecnológicos, si habrá planes estatales destinados a reducir la brecha digital, etc. Esta dimensión que se centra en los recursos es necesaria pero no es suficiente para abordar el problema. En efecto, lo que parece faltar es una reflexión y problematización sobre lo que las tecnologías representan hoy en día en nuestra sociedad.

Observamos que el abordaje de lo digital suele pivotear entre dos conceptualizaciones posibles. Por un lado se encuentra  bastante extendida la idea de que el medio digital es sólo eso, un medio, un mero instrumento. Esta idea se configura sobre el supuesto de que las tecnologías digitales poseen un carácter aparentemente neutral sobre el cual podemos imprimirle distintos sentidos y funcionalidades. Ya Aristóteles nos señalaba que el hecho de ser medio o instrumento no dice nada acerca de las cosas, sino que esto depende de la función que se les asigne. En este sentido, las tecnologías digitales pueden ser un medio más para el control social o también un espacio que permite usos que subvierten ese orden social. Todo depende de quienes lo utilicen y cuáles sean sus apropiaciones.

Pero por otro lado sabemos que las tecnologías digitales son concebidas en un sistema de relaciones de poder, del cual difícilmente puedan disociarse. La tecnología es resultado de determinadas prácticas y racionalidades que a su vez ellas mismas recrean, y que por lo tanto condicionan sus posibles usos y efectos. Seguir la hipótesis de la tecnología como una máquina, nos permite hacer uso de ellas, pero considerando que las mismas ya llevan implícita una determinada finalidad y sentido político, prefiguran un campo de acciones, reacciones y usos posibles.

Entonces volvamos a la pregunta del comienzo y sumemos el siguiente interrogante, ¿qué es un aula? Es evidente que no sólo es un espacio físico. Es la trama de relaciones que en ella se constituyen, el vínculo con el conocimiento, las experiencias de las personas que la habitan, lo que se produce en el encuentro con lxs otrxs. Un aula se dice de muchas maneras. Es un espacio de disciplinamiento de la subjetividad, pero también de producción de subjetividad. Es un espacio en donde se producen cosas impensadas, rupturas, líneas que intentan fugarse de esa estructura jerárquica que es la escuela. La idea del aula como un lugar ubicado en un determinado tiempo y espacio se ha alterado significativamente en estos tiempos y vemos como la misma intenta recrearse y reterritorializarse en el medio digital a través de distintos dispositivos y aplicaciones.

En los contextos donde existen posibilidades de conexión, el classroom y las videollamadas suelen ser las opciones más utilizadas. Y si nos detenemos un momento a ver cómo son estas aplicaciones podremos observar qué idea de aula prefiguran y de qué modo estructuran y organizan las interacciones. Y lo que veremos es una correspondencia con los modos más jerárquicos de enseñanza. Tanto uno como otro encarnan una suerte de renacimiento de la clase más tradicional en la que se actualiza una relación bastante vertical entre docentes y estudiantes.

En el caso del classroom, se trata de una máquina de asignar y administrar el trabajo y controlar la productividad de lxs estudiantes. “Sin entregar, entregado, entregado con retraso” parecen ser las alternativas que nos ponen ante los ojos una concepción de la enseñanza reducida a un mero intercambio de tareas. Tanto en classroom como en zoom las posibilidades de interacción y cooperación entre estudiantes, algo fundamental que suele estar presente en las aulas presenciales, no parecen ser las opciones más publicitadas ni las más habitadas. No deja de sorprenderme como en este corto tiempo de digitalización de la educación vamos internalizando pequeños gestos que no dejan de ser preocupantes. Uno de ellos tiene que ver con la disposición al silenciamiento; en clase nos silenciamos, y si no es posible la autorregulación del grupo, lxs docentes cancelamos el intercambio silenciando a todxs con sólo un clic.

La digitalización de la educación suele ser presentada como una suerte de recurso tecnológico neutro que viene en nuestra ayuda para salvar la enseñanza en todos sus niveles. Un fetichismo tecnológico que encubre las relaciones sociales que son su origen y soporte. Algo similar ocurre cuando se destacan las posibilidades emancipadoras de la educación como si estas pudiesen surgir independientemente de la máquina en las que son engarzadas. Entonces, es importante y necesario comenzar a trazar una cartografía de estos aspectos para no hacer un uso ingenuo de la tecnología, pero esto no significa que no podamos intervenir sobre ellas.

Tal vez, un primer paso sea el de diferenciar la digitalización de la virtualidad, reservando esta palabra para pensar aquello que nos puede conectar con nuevas formas, con la invención de nuevas prácticas de enseñar. La digitalización tal como se está experimentando implica trasladar lo ya conocido del aula al plano de digital, reproduce lo existente, mientras que la virtualidad nos permitiría pensar los posibles de la escuela, aquello que tal vez todavía no existe materialmente pero que se prefigura en la potencia de ser creado.

Entonces, tal vez  sea necesario mapear y reivindicar todas aquellas prácticas, pequeñas, aisladas, desarticuladas que veníamos haciendo (en el modo presencial) que buscan alterar esas máquinas, subvertir los esquemas que nos ofrecen; buscar formas de hacer un uso más horizontal de las tecnologías, fomentando a través de ellas la cooperación entre todxs lxs que hacemos estas nuevas aulas. Tal vez se trate de recuperar lo virtual para que las tecnologías no decidan por nosotros qué aulas queremos habitar.

Examinadxs

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…resulta preciso diferenciar la evaluación de la calificación. Es necesario valorar pedagógicamente lo que se ha realizado hasta ahora; evaluar para mejorar y reorientar los procesos de enseñanza y de aprendizaje. No obstante, las decisiones para calificar se basan en ciertas condiciones y en información sobre los procesos educativos que hoy no son posibles de dimensionar con rigurosidad pese a que no tenemos dudas de que estamos en un momento en que las y los docentes enseñan y las y los estudiantes aprenden.

Ese fragmento, que proviene de un documento que llegó recientemente a las escuelas, sintetiza el carácter de la decisión tomada en relación al binomio evaluación-calificación durante estos tiempos de cuarentena. En las escuelas el aprendizaje será evaluado pero no calificado.

Sin embargo, cuando esta novedad era tan sólo un rumor, muchxs docentes y directivxs seguían enfocadxs en su preocupación por asegurar las calificaciones y comenzaron a llegar fichas de seguimiento y planillas para llevar un registro minucioso de las mismas. Incluso, en un contexto excepcional, muchxs directivxs establecieron  fechas límites para calificar  y entregar las notas. Ante la incertidumbre se piensa que es mejor asegurarse notas, por si acaso. En la misma línea, otrxs hicieron llegar a lxs estudiantes la seguridad de que todo lo que hicieran durante la cuarentena iba a recibir una nota, como una forma de estimularlos ¿estimularlos? en el estudio.

Al tiempo que se evidenciaban las dificultades varias para la continuidad pedagógica vinculadas a las desigualdades en el acceso a la conectividad y los dispositivos tecnológicos, y luego de haberse experimentado el envío compulsivo de tareas durante las primeras semanas que saturaban los grupos de whatsaap, Facebook, y demás, nos llegó el mensaje de que no había que abrumar a nuestrxs estudiantes y que se priorizaría “lo humano”. En este contexto, algunxs pensamos que era un “buen momento” para reflexionar sobre el aprendizaje sin someternos a la presión de la calificación.

Algunos días después llegaron las palabras del ministro, “no es momento de evaluar, es momento de aprender”, que se replicaron en los grupos de whatsaap escolares acompañado con el emoji de los aplausos. Toda una celebración, puesto que calificar en este momento implicaría ponderar, en última instancia, las condiciones materiales y la desigualdad que atraviesa la vida de lxs estudiantes.

Ya a esta altura, una asociación que se nos presenta en la vida escolar como indiscutida aparece tensionada: evaluar no es lo mismo que calificar. Aunque a veces reducimos la evaluación a la calificación, en realidad sucede que la evaluación es un concepto más amplio, que puede abrir distintas  posibilidades en función de cómo decidamos habitarla.

No calificar durante el tiempo que dure la pandemia aparece como un acontecimiento excepcional, puesto que una vez que retorne la llamada nueva normalidad, la institución de la calificación recobrará su lugar y no se verá alterada. Incluso, se habla de que al momento del regreso, lxs estudiantes deberán “validar” lo que realizaron durante este tiempo. Tal como se señala en la segunda parte de la cita que abre este texto, es el contexto excepcional el que no permite “ser rigurosos” con la calificación, es decir, no estaríamos en condiciones de ser lo suficientemente justxs en las notas. Si en la primera parte de la cita se habla de diferenciar evaluación de calificación, en la segunda parte se introduce la idea de una especie de continuidad entre aprendizaje y calificación.

Pero… qué sucede si abordamos este hecho de la coyuntura que nos viene dado como una orden más a la que tenemos que obedecer –sin pensar ni problematizar- , para confrontarlo con una pregunta que lo desborde, que nos permita  ir desde lo particular hacia una reflexión más general respecto de la escuela y la sociedad en que vivimos. La idea que me interesa discutir es si es posible enseñar, aprender y evaluar(nos) sin calificar. ¿Por qué el saber debe ser calificado y cuantificado? ¿Por qué reducimos la singularidad de cada estudiante a un número? Y en última instancia, ¿es posible una escuela sin notas?

***

En general, durante la mayor parte de nuestra educación internalizamos que nuestro aprendizaje se refleja en última instancia en una nota numérica, aprobamos, desaprobamos. En sintonía con la sociedad en la que vivimos, formamos a lxs estudiantes para que lo más importante sea la nota y no el conocimiento, discriminamos y diferenciamos en función del número que lxs representa en nuestra planilla. Hacemos de la nota un instrumento de poder con el que disciplinamos y congratulamos sin reflexionar lo suficiente sobre la arbitrariedad que la misma encierra.

El dispositivo de la calificación es coherente con la forma predominante que adquiere la evaluación en las escuelas, la técnica del examen. Un filósofo francés nos dice que en el examen –en sus múltiples variantes- las  relaciones de poder y las relaciones de saber adquieren toda una notoriedad visible. Nos recuerda que “el examen combina las técnicas de la jerarquía que vigila y de la sanción que normaliza. Es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. Establece sobre los individuos una visibilidad a través de la cual se los diferencia y se los sanciona”. Es por todo ello que el examen se halla altamente ritualizado ya que en él se conjuga la ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la verdad.

El examen no es sólo un asunto de escuela, es una técnica que alcanzó todo su despliegue en distintas instituciones de la sociedad disciplinaria como una forma de vigilancia de las poblaciones. Leemos también que dado que combina la vigilancia jerarquizada y la sanción disciplinadora, el examen se ubica en el centro de los procedimientos que constituyen al individuo, como efecto y objeto de las prácticas de saber-poder.

Vigilancia, evaluación, calificación, normalidad, nueva normalidad, se repiten una y otra vez durante este tiempo, sin embargo no se trata de palabras inocentes y conviene desplegar la reflexión sobre ellas. Como vemos, no existe una desconexión entre los procedimientos que la escuela sostiene y el resto de la sociedad. Ser vigiladxs, evaluadxs y calificadxs son procedimientos de lxs que somos objeto en la normalidad habitual y podemos preguntarnos en qué medida podemos repensarlos de cara a la “nueva normalidad”.

Podemos preguntarnos si seguiremos sometiendo(nos) a una suerte de examen interrumpido tanto en las escuelas como en la vida en general. O si sería deseable liberar las instancias de evaluación de la calificación en las escuelas, para hacer de ellas un espacio de reflexión colectiva, espacios en los que lxs estudiantes también puedan decidir y evaluar su propio aprendizaje. También podemos preguntarnos, como sugeríamos en textos anteriores, por qué la sociedad acepta, sin mayores reparos, ser pedagogizada e infantilizada, en una suerte de examen ininterrumpido. En última instancia, si la sociedad puede tomar decisiones sin pasar por el examen de los gobiernos. Preguntas para las que no tenemos una respuesta sencilla, pero que nos motivan a seguir pensando…

Interrupción

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La cuarentena da un golpe contundente a lo que todavía podíamos rescatar de la escuela: el espacio de encuentros grupales -en ocasiones colectivos- y la esporádica interrupción de la reproducción y producción de relaciones de dominación y desigualdad. Cualquier tipo de práctica que tuviera como perspectiva la ruptura de la lógica estatal, queda inmediatamente anulada a partir del confinamiento.

En ocasiones, la tensión entre lo público y lo estatal tiene lugar en el espacio de la escuela ya que, entre la suposición del estado como organismo neutro al que hay que reclamarle soluciones, y la idea de estado como modo institucionalizado de reproducir formas hegemónicas, aparecen, a veces, las dimensiones de lo público, de lo que nos es común y depende de nosotres, de nuestras decisiones y de las acciones que ponemos en juego.

Pero la digitalización de la escuela, impuesta (bien, mal o espantosamente) a partir del aislamiento social obligatorio, cambia el espacio de lo público por el del ámbito privado, desarmando por completo la perspectiva de las acciones comunes.

Esta sensación de desintegración de lo colectivo/comunitario se puso de manifiesto -e incluso se expresó- en el reparto de mercadería realizado en mi escuela por disposición del gobierno.

Sin embargo este encuentro (aún excluyendo horrorosamente a les estudiantes) desdibujó la iniciativa pergeñada por el estado ya que, a pesar de haber sido dispuesta por sus funcionarios, terminó abriendo la posibilidad de un intercambio real, logrando la interrupción concreta del aislamiento y, en algunos sentidos, cobrando el carácter de acontecimiento.

Por una parte, el encuentro entre compañeres demolió en instantes la montaña de miedos que permanentemente intentan infundirnos desde todas las formas de comunicación direccionada. Por otra, el encuentro con las familias, particularmente con las mamás que son mayoritariamente quienes se acercan, dio lugar a charlas realmente extensas que raramente ocurren durante el despliegue de la maquinaria escolar cotidiana.

Implícita o explícitamente, todes damos por sentado que las prácticas que venimos sosteniendo “desde casa” están muy lejos de constituir, o dar continuidad, a proyecto educativo alguno por fuera de la lógica estatal de adiestramiento en función de nuevas necesidades. Por lo cual las conversaciones, aun cuando (insisto) sucedieron sólo entre adultes, no dejaron de girar en torno a la vida: qué clase de vida estamos pudiendo sostener desde el encierro, qué clase de vida queremos.

Angustia

angustia

En estos días en que lxs docentes nos encontramos abocadxs  a corregir infinidad de trabajos nos resulta frecuente palpar en la escritura estudiantil un estado de ánimo declinante que se suele retratar con una palabra que también se repite en las conversaciones cotidianas. Hoy, la angustia parece ser trending topic cuando examinamos el chat nuestro de cada día.

Hubo un período de la humanidad donde este estado de inquietud fue objeto de reflexión por parte de los profesionales del pensamiento y nos referimos al corto tiempo que se sucedió entre las guerras mundiales. Esta recurrencia no es casual si pensamos que suele haber una afinidad electiva entre la guerra y la angustia.  Y hemos visto que para muchos este momento parece particularmente propicio para la metáfora bélica. Si el presidente anterior se imaginaba comandando una nave que enfrentaba una tormenta, el actual se siente un comandante enfrentando a un enemigo invisible.

El habla popular argentina está impregnada como pocas de la jerga psicoanalítica. Y si bien se hace un uso libre de esas categorías no está demás repasar la definición de la palabra que se acepta en esa disciplina. La angustia sería un estado de inquietud causado por la amenaza de un peligro. Se trata de un peligro indefinido en el tiempo y en el espacio al que respondemos con un estado de ánimo igualmente impreciso pero ciertamente intenso. La angustia es también un miedo sin objeto y por tanto se presenta como algo frente a lo cual no tenemos capacidad de asimilación. Estamos desbordados, solemos repetir lxs docentes y la población en general.

Venimos repasando en el blog los cambios abruptos que generan la invasión de la escuela y el trabajo en nuestros hogares. Constatamos que a diferencia de lxs niñxs que recurren a la regresión, nosotrxs no tenemos donde ir, ni siquiera estamos a salvo en nuestras casas trastocadas en su funcionamiento habitual.

Nuestra incertidumbre, sin embargo, no sucede en el vacío. Se establecen muchas operaciones para llenar nuestras vidas “desordenadas”. La directora nos convoca a reuniones por zoom, nos machacan para que ajustemos las planificaciones, ¡nos siguen pidiendo la declaración jurada! A nivel nacional, frente a la pérdida de sentido generalizada, aparecen también los directivos, los guardapolvos blancos y hasta el patovica en la puerta del chino blandiendo el protocolo.

Pero los protocolos no son inocentes…  Se los presenta como una colección de medidas necesarias y objetivas pero promueven una subjetividad determinada.  A cargo de la presidencia tenemos un comandante que se presenta envuelto en una nube de infectólogos. Su tarea no es menor y sus protocolos indudablemente tratan de defender  la vida, pero no la humanidad cuyo rasgo más propio es el pensamiento.  El protocolo no consulta sino que da órdenes; no se confía en la autogestión de nuestras capacidades más bien se nos infunde el miedo. Cualquier iniciativa popular que no coincida con el vademécum estatal es tildada de peligrosa.

Como suele ser recurrente a lo largo del tiempo, una vez más el poder gestiona el miedo para obtener obediencia y respeto. En condiciones normales además del temor se suele manipular la esperanza que en el capitalismo suele estar representada por el consumo. De ahí la insistencia en abrir todos los negocios.  Pero a falta de consumo, hoy la esperanza aparece depositada en la ciencia. Una actividad científica  que hoy depuró de sus filas a las ciencias sociales y se afianza en la defensa de la vida desnuda, la vida a secas.

En la entrega anterior nos preguntábamos por las posibilidades de la autonomía en este panorama de pasiones tristes. Y sin pedirle permiso a los médicos se nos ocurrió recurrir a la filosofía.  Encontramos que era posible pensar el lado positivo de la angustia que suele ser su costado corrosivo de lo existente. Una buena angustia disuelve toda certeza, desafía toda normalidad, nos muestra que todo “está atado con alambre”, que todo  es contingente.  Podríamos ver con claridad entonces el poder que nos oprime. Una idea como esta me sorprendió el otro día mientras corregía.  Una estudiante reflexionaba en una crónica de cuarentena acerca de sus descubrimientos cuando puso a dialogar un texto con su vida cotidiana. Luego de leer que la familia o la escuela  eran llamadas instituciones de secuestro porque confinados en estas se formaba nuestra subjetividad, se le hizo evidente que nuestro confinamiento actual ponía de relieve algo que de hecho ya venía sucediendo en nuestra vida de todos los días. Habrá que trabajar la abundante angustia de estos días. Quizás el camino de recuperación de nuestra autonomía esté pasando por volver la angustia contra el poder.

*la imagen proviene de Fanzine pandémico de Colectivo Cultural Catalina Clandestina

Regresión

niñas

Escucho en la radio que los gatos son los seres que más sufren el confinamiento debido a la presencia, ahora permanente, de personas en un territorio que consideraban suyo. Como resultado de esta invasión han decidido prolongar de manera infinita las siestas. Frente a una realidad que se les presenta hostil podemos decir que han hecho una regresión. Sin embargo, no son los únicos que adoptaron esta táctica de repliegue. Lxs niñxs lograban en la escuela la posibilidad de escapar mas no sea por unas horas a la mirada de los padres, esa mirada que se hace insoslayable en las actuales circunstancias. La socialización que solía proveer la escuela hoy está ausente. En la pantalla que asegura la continuidad de la escuela por otros medios con suerte encontramos el rostro docente pero casi nunca aparecen –o aparecen muy poco-  lxs otrxs niñxs que suelen ser el motivo por el cual la escuela les interesa y les resulta indispensable.

 

Al igual que los gatos, lxs niñxs son seres espaciales aunque por diferentes motivos. La escuela o la plaza proveen el espacio del encuentro con otrxs y es en el juego con otrxs donde lxs chicxs crecen. Y si no crecen, entonces regresan a estadios anteriores donde se sentían seguros. Se chupan el dedo, se pasan a las camas de los padres, se orinan en la cama. Hacen una regresión, nos advierten quienes practican la Psicología.  Como nosotrxs, hacen lo que pueden en un contexto de reducción violenta de la dimensión espacial que es el elemento que permite el contacto físico, presencial. Y si  antes algunxs preferían quedarse con el celular en el aula  antes que salir al patio, ahora ya no tienen esa opción. Ahora corren hacia adentro.

 

Advertimos en las anteriores crónicas acerca de los límites que presenta la comunicación virtual. Sin embargo la misma provee la posibilidad de liberarse de la mirada del adulto real o del docente virtual durante el encierro de estos días. Hay un uso de la pantalla que permite liberarse transitoriamente de la presencialidad represiva de una familia cuya mirada vigilante hoy no encuentra límites. Dice un pedagogo italiano que las condiciones de encierro son nuevas pero no es nueva la imposibilidad de ejercer la autonomía por parte de lxs niñxs. En el juego infantil suelen recrearse situaciones ya vividas pero con el plus de que en ellas lxs pequeñxs jugadores controlan las condiciones y se hacen dueños de las mismas. La infancia se empodera jugando porque ejerce su autonomía. Si no se puede ejercer la autonomía entonces hay regresión a estadios anteriores, se produce un ensimismamiento.

 

Un fenómeno similar parece producirse a escala social. La dinámica e “ingobernable” sociedad argentina hace regresión a estadios anteriores de su historia. Algunxs hablan de  un clima parecido al vivido durante el episodio de Malvinas en el sentido de la unificación detrás de una causa nacional que trata de impedir el ejercicio de cualquier crítica. Otrxs hacen analogías con el clima dictatorial donde se propagaba desde los medios de comunicación  aquello de “cada uno en lo suyo, defendiendo lo nuestro”. El  incentivo a denunciar al vecino que no respeta la cuarentena parece reforzar especialmente esa consigna.

 

En el mismo sentido, vemos como la sociedad hace regresión hacia un estado “escolar” generalizado y de infantilización de lxs individuos que la componen. Al respecto, cabe señalar el debate en torno a lxs adultxs mayores y las medidas que se tomaron sobre lxs mismxs, asentadas claramente sobre el supuesto de la incapacidad de estas personas para decidir de forma “responsable” sobre sus propias vidas. Es significativo también como en las últimas semanas la sociedad toda asiste a clase –magistral- cada quince días cada vez  que el presidente nos “explica” qué sucede, lo que se hizo y lo que se hará en un tono excesivamente pedagógico y paternalista. Más allá del contenido, la forma de la clase guarda toda una significación, nos pone en un lugar de pasividad, de “explicados”. Por eso no es casual que a la figura del comandante, utilizada en estos tiempos para referir al rol del presidente, se le agregue la del profesor. En el contexto de la pandemia y de crisis que estamos viviendo adquiere una forma más notoria “la pedagogización de la sociedad” –de la que ya nos hablaba un filósofo francés-  que organiza nuestras vidas, en la que la explicación de los sabios y expertos acerca de cómo gestionar nuestras vidas se nos presenta como algo indiscutible. Entonces… quédate en casa y hacele caso a tu padre-maestro-comandante!

 

Así, poco a poco, vamos internalizando ciertas cosas que a primera vista pueden parecernos simpáticas o “copadas” pero que deberían generarnos resistencia, o como mínimo un poco de ruido. No sólo nos explican las medidas de prevención sobre la enfermedad y los recaudos necesarios que debemos tomar sino que por la radio, la tele, y todos los medios de comunicación insisten en decirnos qué tenemos que hacer en nuestra vida diaria. Desde “cociná, hacé tareas sencillas, ordená el placard” hasta como masturbarse y tener sexo virtual, son algunas recomendaciones que de manera reiterada se entrometen de manera obscena  en nuestro encierro para nuevamente explicarnos como sobrellevarlo. Política sobre la vida, control de la vida. ¿Cómo saldremos de esta situación para ejercer una mayor autonomía sobre nuestras vidas?

 

Esto no es una escuela

 

Si de algo no hay dudas en este tiempo que corre, es del impacto de esta crisis en el ámbito del trabajo. En aquellos casos en que el trabajo presencial se reconvirtió masivamente en teletrabajo se abrió todo un escenario de experimentación en relación a las posibilidades, problemas y límites del trabajo a distancia. Y como sabemos, las escuelas no fueron la excepción.

El texto anterior tuvo muchas repercusiones y de allí surgieron valiosos intercambios con compañerxs docentes y no docentes que nutren nuestro pensamiento sobre estos tiempos. Y es que si de pensar se trata, algo evidente fue que el pensamiento quedó suspendido ante la rapidez con la que tuvimos que implementar la continuidad pedagógica a través de las tecnologías digitales que se encontraban a la mano.

Ante un escenario que no elegimos, en las escuelas nos vimos obligadxs a reconvertir nuestro trabajo basado fundamentalmente en la presencia física al desafío de la conectividad digital.  Así, fuimos improvisando y decidiendo, con mayor o menor grado de autonomía en relación a las jerarquías institucionales, en torno a cómo enseñar en un nuevo contexto, pensando también en las posibilidades y condiciones materiales de las comunidades con las que trabajamos.

Y se vio de todo, desde la adopción acrítica del formato classrroom que nos provee Google hasta tutoriales con recomendaciones acerca de cómo dar clases por WhatsApp combinando en su justa medida la cantidad de mensajes escritos, audios, imágenes, y cuadros conceptuales. Desde docentes que reconfiguraron enteramente sus clases al pasar al formato virtual a los que asumieron que la virtualidad era el medio natural por el cual continuar lo que ya hacían en sus clases: fotografía de página de manual y cuestionario a la orden del día. También vimos la cooperación docente, compartiendo y socializando información para aprender a utilizar plataformas y aplicaciones que nos permitieran experimentar nuevas formas de enseñar.

Con motivo de la emergencia y el uso masivo de los dispositivos tecnológicos mucho se ha dicho acerca de cómo las computadoras y los celulares diluían la frontera entre el mundo virtual y el mundo real, oposición que al día de hoy difícilmente pueda sostenerse. Lo virtual no es algo que no existe sino que forma parte de nuestro real, de nuestra realidad. Y es de este modo como lxs docentes entramos en hogares ajenos para enseñar.

En relación a la experiencia de clase a través videollamada, una compañera me dice que es complicado, que parece un panóptico, y que se juegan muchas cosas: incomodidad, miedo, vulnerabilidad, la atención, capturas de pantalla, la presencia de otrxs miembxs de la familia haciendo sus actividades. También me dice que para algunxs la videollamada es una distracción, la posibilidad de sustraerse del propio entorno por un momento y tomar contacto con otras personas.

foto blog

Entre preparar una actividad  y responder consultas por WhatsApp, me llegó esta imagen provocadora. “Esto no es una escuela” desafía la frase al dibujo de una computadora. Y es que en un primer momento estaríamos de acuerdo con esta negación; claramente la escuela no se reduce a un aparato, pero tampoco la educación se reduce a la escuela.

Esta imagen me hizo pensar en dos cosas. Por un lado, en aquello que más me gusta de la escuela, en la potencia del encuentro físico de los cuerpos, que se ve suspendido en este momento. En aquello que se crea en el contacto, y en el intercambio con otrxs en situación de clase; ese estar ahí de la escuela,  la conmoción que produce el encuentro, lo imprevisible, el posible desborde.

Y por otro me hizo pensar  en que si bien los dispositivos tecnológicos “no son la escuela” a través de ellos se actualizaba lo peor de la institución escolar. El trabajo digital llevó a los hogares, a lxs nuestros y a lxs de lxs estudiantes, diversas formas de control laboral y de uso del tiempo.

En algunos contextos, se resintió el control que los docentes tienen de su trabajo, cuando se ejerció una vigilancia minuciosa de sus actividades “on line”, llegando incluso a supervisar el tiempo que tardaban en responder a las consultas de lxs estudiantes. Otro aspecto tiene que ver con que la conectividad y las formas de comunicación que la misma promueve basadas en la inmediatez diluyen los límites de nuestro tiempo de trabajo. Mientras escribo esto son las 21hs de un día feriado y en este mismo momento me está llegando al WhatsApp las tareas que un docente pretende que envíe a lxs estudiantes y al e-mail el requerimiento de un directivo. El sentido común parece ser que a través de estos medios de comunicación la demanda constante, pero también la disponibilidad constante, está habilitada, desconociendo la frontera entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso.

Si en el espacio físico de la escuela, directivos controlan a docentes, y docentes a estudiantes, creo que en este caso, la cadena se vio un tanto alterada ¿Quién controla ahora el tiempo de aprendizaje de lxs estudiantes? Tal vez, la eficacia del control sobre lxs estudiantes se haya relativizado en estas semanas, emergiendo la posibilidad de que ellxs mismxs organicen y administren el tiempo de su aprendizaje, en función también de sus propios intereses. Una compañera me dice que a veces se recae en pensar a lxs pibxs y familias como pasivas recibiendo las tareas y siendo superadxs por eso, aunque también muchas veces encuentran el modo de manejarlo a su forma: no respondiendo, haciendo lo que pueden, como pueden y cuando pueden.

Estas reflexiones están escritas en tiempos revueltos, y son eso, reflexiones, no proveen certezas, pero si inquietudes, las de pensar que quedará cuando todo esto termine.