Angustia

angustia

En estos días en que lxs docentes nos encontramos abocadxs  a corregir infinidad de trabajos nos resulta frecuente palpar en la escritura estudiantil un estado de ánimo declinante que se suele retratar con una palabra que también se repite en las conversaciones cotidianas. Hoy, la angustia parece ser trending topic cuando examinamos el chat nuestro de cada día.

Hubo un período de la humanidad donde este estado de inquietud fue objeto de reflexión por parte de los profesionales del pensamiento y nos referimos al corto tiempo que se sucedió entre las guerras mundiales. Esta recurrencia no es casual si pensamos que suele haber una afinidad electiva entre la guerra y la angustia.  Y hemos visto que para muchos este momento parece particularmente propicio para la metáfora bélica. Si el presidente anterior se imaginaba comandando una nave que enfrentaba una tormenta, el actual se siente un comandante enfrentando a un enemigo invisible.

El habla popular argentina está impregnada como pocas de la jerga psicoanalítica. Y si bien se hace un uso libre de esas categorías no está demás repasar la definición de la palabra que se acepta en esa disciplina. La angustia sería un estado de inquietud causado por la amenaza de un peligro. Se trata de un peligro indefinido en el tiempo y en el espacio al que respondemos con un estado de ánimo igualmente impreciso pero ciertamente intenso. La angustia es también un miedo sin objeto y por tanto se presenta como algo frente a lo cual no tenemos capacidad de asimilación. Estamos desbordados, solemos repetir lxs docentes y la población en general.

Venimos repasando en el blog los cambios abruptos que generan la invasión de la escuela y el trabajo en nuestros hogares. Constatamos que a diferencia de lxs niñxs que recurren a la regresión, nosotrxs no tenemos donde ir, ni siquiera estamos a salvo en nuestras casas trastocadas en su funcionamiento habitual.

Nuestra incertidumbre, sin embargo, no sucede en el vacío. Se establecen muchas operaciones para llenar nuestras vidas “desordenadas”. La directora nos convoca a reuniones por zoom, nos machacan para que ajustemos las planificaciones, ¡nos siguen pidiendo la declaración jurada! A nivel nacional, frente a la pérdida de sentido generalizada, aparecen también los directivos, los guardapolvos blancos y hasta el patovica en la puerta del chino blandiendo el protocolo.

Pero los protocolos no son inocentes…  Se los presenta como una colección de medidas necesarias y objetivas pero promueven una subjetividad determinada.  A cargo de la presidencia tenemos un comandante que se presenta envuelto en una nube de infectólogos. Su tarea no es menor y sus protocolos indudablemente tratan de defender  la vida, pero no la humanidad cuyo rasgo más propio es el pensamiento.  El protocolo no consulta sino que da órdenes; no se confía en la autogestión de nuestras capacidades más bien se nos infunde el miedo. Cualquier iniciativa popular que no coincida con el vademécum estatal es tildada de peligrosa.

Como suele ser recurrente a lo largo del tiempo, una vez más el poder gestiona el miedo para obtener obediencia y respeto. En condiciones normales además del temor se suele manipular la esperanza que en el capitalismo suele estar representada por el consumo. De ahí la insistencia en abrir todos los negocios.  Pero a falta de consumo, hoy la esperanza aparece depositada en la ciencia. Una actividad científica  que hoy depuró de sus filas a las ciencias sociales y se afianza en la defensa de la vida desnuda, la vida a secas.

En la entrega anterior nos preguntábamos por las posibilidades de la autonomía en este panorama de pasiones tristes. Y sin pedirle permiso a los médicos se nos ocurrió recurrir a la filosofía.  Encontramos que era posible pensar el lado positivo de la angustia que suele ser su costado corrosivo de lo existente. Una buena angustia disuelve toda certeza, desafía toda normalidad, nos muestra que todo “está atado con alambre”, que todo  es contingente.  Podríamos ver con claridad entonces el poder que nos oprime. Una idea como esta me sorprendió el otro día mientras corregía.  Una estudiante reflexionaba en una crónica de cuarentena acerca de sus descubrimientos cuando puso a dialogar un texto con su vida cotidiana. Luego de leer que la familia o la escuela  eran llamadas instituciones de secuestro porque confinados en estas se formaba nuestra subjetividad, se le hizo evidente que nuestro confinamiento actual ponía de relieve algo que de hecho ya venía sucediendo en nuestra vida de todos los días. Habrá que trabajar la abundante angustia de estos días. Quizás el camino de recuperación de nuestra autonomía esté pasando por volver la angustia contra el poder.

*la imagen proviene de Fanzine pandémico de Colectivo Cultural Catalina Clandestina

Regresión

niñas

Escucho en la radio que los gatos son los seres que más sufren el confinamiento debido a la presencia, ahora permanente, de personas en un territorio que consideraban suyo. Como resultado de esta invasión han decidido prolongar de manera infinita las siestas. Frente a una realidad que se les presenta hostil podemos decir que han hecho una regresión. Sin embargo, no son los únicos que adoptaron esta táctica de repliegue. Lxs niñxs lograban en la escuela la posibilidad de escapar mas no sea por unas horas a la mirada de los padres, esa mirada que se hace insoslayable en las actuales circunstancias. La socialización que solía proveer la escuela hoy está ausente. En la pantalla que asegura la continuidad de la escuela por otros medios con suerte encontramos el rostro docente pero casi nunca aparecen –o aparecen muy poco-  lxs otrxs niñxs que suelen ser el motivo por el cual la escuela les interesa y les resulta indispensable.

 

Al igual que los gatos, lxs niñxs son seres espaciales aunque por diferentes motivos. La escuela o la plaza proveen el espacio del encuentro con otrxs y es en el juego con otrxs donde lxs chicxs crecen. Y si no crecen, entonces regresan a estadios anteriores donde se sentían seguros. Se chupan el dedo, se pasan a las camas de los padres, se orinan en la cama. Hacen una regresión, nos advierten quienes practican la Psicología.  Como nosotrxs, hacen lo que pueden en un contexto de reducción violenta de la dimensión espacial que es el elemento que permite el contacto físico, presencial. Y si  antes algunxs preferían quedarse con el celular en el aula  antes que salir al patio, ahora ya no tienen esa opción. Ahora corren hacia adentro.

 

Advertimos en las anteriores crónicas acerca de los límites que presenta la comunicación virtual. Sin embargo la misma provee la posibilidad de liberarse de la mirada del adulto real o del docente virtual durante el encierro de estos días. Hay un uso de la pantalla que permite liberarse transitoriamente de la presencialidad represiva de una familia cuya mirada vigilante hoy no encuentra límites. Dice un pedagogo italiano que las condiciones de encierro son nuevas pero no es nueva la imposibilidad de ejercer la autonomía por parte de lxs niñxs. En el juego infantil suelen recrearse situaciones ya vividas pero con el plus de que en ellas lxs pequeñxs jugadores controlan las condiciones y se hacen dueños de las mismas. La infancia se empodera jugando porque ejerce su autonomía. Si no se puede ejercer la autonomía entonces hay regresión a estadios anteriores, se produce un ensimismamiento.

 

Un fenómeno similar parece producirse a escala social. La dinámica e “ingobernable” sociedad argentina hace regresión a estadios anteriores de su historia. Algunxs hablan de  un clima parecido al vivido durante el episodio de Malvinas en el sentido de la unificación detrás de una causa nacional que trata de impedir el ejercicio de cualquier crítica. Otrxs hacen analogías con el clima dictatorial donde se propagaba desde los medios de comunicación  aquello de “cada uno en lo suyo, defendiendo lo nuestro”. El  incentivo a denunciar al vecino que no respeta la cuarentena parece reforzar especialmente esa consigna.

 

En el mismo sentido, vemos como la sociedad hace regresión hacia un estado “escolar” generalizado y de infantilización de lxs individuos que la componen. Al respecto, cabe señalar el debate en torno a lxs adultxs mayores y las medidas que se tomaron sobre lxs mismxs, asentadas claramente sobre el supuesto de la incapacidad de estas personas para decidir de forma “responsable” sobre sus propias vidas. Es significativo también como en las últimas semanas la sociedad toda asiste a clase –magistral- cada quince días cada vez  que el presidente nos “explica” qué sucede, lo que se hizo y lo que se hará en un tono excesivamente pedagógico y paternalista. Más allá del contenido, la forma de la clase guarda toda una significación, nos pone en un lugar de pasividad, de “explicados”. Por eso no es casual que a la figura del comandante, utilizada en estos tiempos para referir al rol del presidente, se le agregue la del profesor. En el contexto de la pandemia y de crisis que estamos viviendo adquiere una forma más notoria “la pedagogización de la sociedad” –de la que ya nos hablaba un filósofo francés-  que organiza nuestras vidas, en la que la explicación de los sabios y expertos acerca de cómo gestionar nuestras vidas se nos presenta como algo indiscutible. Entonces… quédate en casa y hacele caso a tu padre-maestro-comandante!

 

Así, poco a poco, vamos internalizando ciertas cosas que a primera vista pueden parecernos simpáticas o “copadas” pero que deberían generarnos resistencia, o como mínimo un poco de ruido. No sólo nos explican las medidas de prevención sobre la enfermedad y los recaudos necesarios que debemos tomar sino que por la radio, la tele, y todos los medios de comunicación insisten en decirnos qué tenemos que hacer en nuestra vida diaria. Desde “cociná, hacé tareas sencillas, ordená el placard” hasta como masturbarse y tener sexo virtual, son algunas recomendaciones que de manera reiterada se entrometen de manera obscena  en nuestro encierro para nuevamente explicarnos como sobrellevarlo. Política sobre la vida, control de la vida. ¿Cómo saldremos de esta situación para ejercer una mayor autonomía sobre nuestras vidas?

 

Esto no es una escuela

 

Si de algo no hay dudas en este tiempo que corre, es del impacto de esta crisis en el ámbito del trabajo. En aquellos casos en que el trabajo presencial se reconvirtió masivamente en teletrabajo se abrió todo un escenario de experimentación en relación a las posibilidades, problemas y límites del trabajo a distancia. Y como sabemos, las escuelas no fueron la excepción.

El texto anterior tuvo muchas repercusiones y de allí surgieron valiosos intercambios con compañerxs docentes y no docentes que nutren nuestro pensamiento sobre estos tiempos. Y es que si de pensar se trata, algo evidente fue que el pensamiento quedó suspendido ante la rapidez con la que tuvimos que implementar la continuidad pedagógica a través de las tecnologías digitales que se encontraban a la mano.

Ante un escenario que no elegimos, en las escuelas nos vimos obligadxs a reconvertir nuestro trabajo basado fundamentalmente en la presencia física al desafío de la conectividad digital.  Así, fuimos improvisando y decidiendo, con mayor o menor grado de autonomía en relación a las jerarquías institucionales, en torno a cómo enseñar en un nuevo contexto, pensando también en las posibilidades y condiciones materiales de las comunidades con las que trabajamos.

Y se vio de todo, desde la adopción acrítica del formato classrroom que nos provee Google hasta tutoriales con recomendaciones acerca de cómo dar clases por WhatsApp combinando en su justa medida la cantidad de mensajes escritos, audios, imágenes, y cuadros conceptuales. Desde docentes que reconfiguraron enteramente sus clases al pasar al formato virtual a los que asumieron que la virtualidad era el medio natural por el cual continuar lo que ya hacían en sus clases: fotografía de página de manual y cuestionario a la orden del día. También vimos la cooperación docente, compartiendo y socializando información para aprender a utilizar plataformas y aplicaciones que nos permitieran experimentar nuevas formas de enseñar.

Con motivo de la emergencia y el uso masivo de los dispositivos tecnológicos mucho se ha dicho acerca de cómo las computadoras y los celulares diluían la frontera entre el mundo virtual y el mundo real, oposición que al día de hoy difícilmente pueda sostenerse. Lo virtual no es algo que no existe sino que forma parte de nuestro real, de nuestra realidad. Y es de este modo como lxs docentes entramos en hogares ajenos para enseñar.

En relación a la experiencia de clase a través videollamada, una compañera me dice que es complicado, que parece un panóptico, y que se juegan muchas cosas: incomodidad, miedo, vulnerabilidad, la atención, capturas de pantalla, la presencia de otrxs miembxs de la familia haciendo sus actividades. También me dice que para algunxs la videollamada es una distracción, la posibilidad de sustraerse del propio entorno por un momento y tomar contacto con otras personas.

foto blog

Entre preparar una actividad  y responder consultas por WhatsApp, me llegó esta imagen provocadora. “Esto no es una escuela” desafía la frase al dibujo de una computadora. Y es que en un primer momento estaríamos de acuerdo con esta negación; claramente la escuela no se reduce a un aparato, pero tampoco la educación se reduce a la escuela.

Esta imagen me hizo pensar en dos cosas. Por un lado, en aquello que más me gusta de la escuela, en la potencia del encuentro físico de los cuerpos, que se ve suspendido en este momento. En aquello que se crea en el contacto, y en el intercambio con otrxs en situación de clase; ese estar ahí de la escuela,  la conmoción que produce el encuentro, lo imprevisible, el posible desborde.

Y por otro me hizo pensar  en que si bien los dispositivos tecnológicos “no son la escuela” a través de ellos se actualizaba lo peor de la institución escolar. El trabajo digital llevó a los hogares, a lxs nuestros y a lxs de lxs estudiantes, diversas formas de control laboral y de uso del tiempo.

En algunos contextos, se resintió el control que los docentes tienen de su trabajo, cuando se ejerció una vigilancia minuciosa de sus actividades “on line”, llegando incluso a supervisar el tiempo que tardaban en responder a las consultas de lxs estudiantes. Otro aspecto tiene que ver con que la conectividad y las formas de comunicación que la misma promueve basadas en la inmediatez diluyen los límites de nuestro tiempo de trabajo. Mientras escribo esto son las 21hs de un día feriado y en este mismo momento me está llegando al WhatsApp las tareas que un docente pretende que envíe a lxs estudiantes y al e-mail el requerimiento de un directivo. El sentido común parece ser que a través de estos medios de comunicación la demanda constante, pero también la disponibilidad constante, está habilitada, desconociendo la frontera entre tiempo de trabajo y tiempo de descanso.

Si en el espacio físico de la escuela, directivos controlan a docentes, y docentes a estudiantes, creo que en este caso, la cadena se vio un tanto alterada ¿Quién controla ahora el tiempo de aprendizaje de lxs estudiantes? Tal vez, la eficacia del control sobre lxs estudiantes se haya relativizado en estas semanas, emergiendo la posibilidad de que ellxs mismxs organicen y administren el tiempo de su aprendizaje, en función también de sus propios intereses. Una compañera me dice que a veces se recae en pensar a lxs pibxs y familias como pasivas recibiendo las tareas y siendo superadxs por eso, aunque también muchas veces encuentran el modo de manejarlo a su forma: no respondiendo, haciendo lo que pueden, como pueden y cuando pueden.

Estas reflexiones están escritas en tiempos revueltos, y son eso, reflexiones, no proveen certezas, pero si inquietudes, las de pensar que quedará cuando todo esto termine.

¡Que no jodan! Sobre la invasión escolar a los hogares

Si consideramos  las múltiples escenas escolares que hemos descripto en este blog indudablemente han sido mayoritarias las que ocurren en las aulas. Esto no es casualidad. Ponemos el foco allí porque es un espacio sobre el que se reflexiona poco pese a que nuestra vida docente se juega en gran medida en ese escenario.

Hemos advertido en varios relatos como el espacio áulico era invadido por la familia a través de las facilidades que proveen los medios digitales. Suena el celular en el aula y frente a la mirada inquisitiva del docente suele escucharse la voz de un estudiante que con aire desafiante informa que su madre lo está llamando.  Y lo peor es que muchas veces es cierto.

En ocasión de la desaparición de Santiago Maldonado, un sector no menor de la docencia introdujo el tema en las aulas desafiando el bloqueo informativo de los medios hegemónicos. En esa ocasión un grupo de padres de una venerable escuela tigrense fue a quejarse de la conducta de una docente que se había atrevido a exponer el tema. Llevaban una filmación hecha por un estudiante que mostraba el delito.

La irrupción de los celulares en la vida cotidiana agilizó un proceso de borramiento de las fronteras entre la institución escolar y la familiar. Hay quienes dicen que la separación estricta entre familia, escuela y trabajo que caracterizó a las sociedades disciplinarias está dando a paso a una nueva organización social donde estas fronteras son porosas.  De hecho, lxs estudiantes más jóvenes muchas veces no terminan de entender que diferencia a una situación escolar de una familiar. En ocasión de exponer esta idea en una clase de profesorado una estudiante contó que su hija menor suele llamarla para decirle que la saque de la escuela porque se aburre. La madre, que a su vez  se trae trabajo a la casa, le explica que la escuela no es la familia, que en la escuela se estudia.

Hoy dadas las circunstancias excepcionales que vivimos nos encontramos con una situación donde la escuela invade la familia. Hay múltiples memes que dan cuenta de esto. Uno en particular muestra a una madre que comenta por teléfono refiriéndose a las maestras “La cantidad de cosas que nos mandaron para hacer, ellas no la hacen en un día. Que no jodan!”  Y a continuación se le ocurre que la solución es organizar la casa de acuerdo al horario escolar. Una vez más esta invasión se facilita a través de los medios digitales que permiten el control cruzado derribando las fronteras institucionales.

La pandemia está haciendo visibles muchas situaciones que en circunstancias normales parecen ocultas. La más evidente es que una buena parte de los trabajos que ahora son considerados esenciales constituyen empleos mal remunerados, alienantes, precarios. Pero no es la única novedad que trae la peste.  El violento desembarco de las escuelas en los hogares permite a muchas madres y padres vivir en carne propia y a todo ritmo lo que suele ser el día a día de sus criaturas en situación escolar.

Sin embargo, no sólo se alteró la vida familiar. El mundo escolar también se transformó en un campo de experimentación a partir del control digital pero de eso hablaremos en el próximo envío.  La dimensión de lo que estamos viviendo requiere una capacidad de reflexión que excede largamente las capacidades de quienes solemos escribir estas crónicas. Es un buen momento para que comenten sus pareceres y envíen sus experiencias de Tigre y más allá

¡Que no jodan! Sobre la invasion escolar a los hogares

Si consideramos  las múltiples escenas escolares que hemos descripto en este blog indudablemente han sido mayoritarias las que ocurren en las aulas. Esto no es casualidad. Ponemos el foco allí porque es un espacio sobre el que se reflexiona poco pese a que nuestra vida docente se juega en gran medida en ese escenario.

Hemos advertido en varios relatos como el espacio áulico era invadido por la familia a través de las facilidades que proveen los medios digitales. Suena el celular en el aula y frente a la mirada inquisitiva del docente suele escucharse la voz de un estudiante que con aire desafiante informa que su madre lo está llamando.  Y lo peor es que muchas veces es cierto.

En ocasión de la desaparición de Santiago Maldonado, un sector no menor de la docencia introdujo el tema en las aulas desafiando el bloqueo informativo de los medios hegemónicos. En esa ocasión un grupo de padres de una venerable escuela tigrense fue a quejarse de la conducta de una docente que se había atrevido a exponer el tema. Llevaban una filmación hecha por un estudiante que mostraba el delito.

La irrupción de los celulares en la vida cotidiana agilizó un proceso de borramiento de las fronteras entre la institución escolar y la familiar. Hay quienes dicen que la separación estricta entre familia, escuela y trabajo que caracterizó a las sociedades disciplinarias está dando a paso a una nueva organización social donde estas fronteras son porosas.  De hecho, lxs estudiantes más jóvenes muchas veces no terminan de entender que diferencia a una situación escolar de una familiar. En ocasión de exponer esta idea en una clase de profesorado una estudiante contó que su hija menor suele llamarla para decirle que la saque de la escuela porque se aburre. La madre, que a su vez  se trae trabajo a la casa, le explica que la escuela no es la familia, que en la escuela se estudia.

Hoy dadas las circunstancias excepcionales que vivimos nos encontramos con una situación donde la escuela invade la familia. Hay múltiples memes que dan cuenta de esto. Uno en particular muestra a una madre que comenta por teléfono refiriéndose a las maestras “La cantidad de cosas que nos mandaron para hacer, ellas no la hacen en un día. Que no jodan!”  Y a continuación se le ocurre que la solución es organizar la casa de acuerdo al horario escolar. Una vez más esta invasión se facilita a través de los medios digitales que permiten el control cruzado derribando las fronteras institucionales.

La pandemia está haciendo visibles muchas situaciones que en circunstancias normales parecen ocultas. La más evidente es que una buena parte de los trabajos que ahora son considerados esenciales constituyen empleos mal remunerados, alienantes, precarios. Pero no es la única novedad que trae la peste.  El violento desembarco de las escuelas en los hogares permite a muchas madres y padres vivir en carne propia y a todo ritmo lo que suele ser el día a día de sus criaturas en situación escolar.

Sin embargo, no sólo se alteró la vida familiar. El mundo escolar también se transformó en un campo de experimentación a partir del control digital pero de eso hablaremos en el próximo envío.  La dimensión de lo que estamos viviendo requiere una capacidad de reflexión que excede largamente las capacidades de quienes solemos escribir estas crónicas. Es un buen momento para que comenten sus pareceres y envíen sus experiencias de Tigre y más allá

Una de soldados

“Y, ¿No pueden los soldados argentinos intervenir en Chile para que pare esto, Profe? me dice casi en un susurro el estudiante de la primera fila.  Con reflejos docentes,  inmediatamente pienso en la profesora de Política y Ciudadanía y en su segura impericia al frente de esa materia. Luego reflexiono acerca del origen del pensamiento estratégico que acababa de enunciar Marcelo.  Entonces recuerdo dos cosas.  La afición imparable a la play station de esta generación escolar y el hecho de que el principal deseo  de Marcelo es entrar al ejército.  Hace rato que trato de convencerlo de que no lo haga pero ya es tradición que muchas veces, lxs estudiantes más atentos  suelen querer entrar a  (el lado oscuro de) las Fuerzas de seguridad.

Marcelo insiste y , una vez superada la confusión, le digo.  “Lo más probable considerando la historia de los militares argentinos , es que  ayuden a sus colegas chilenos como ya lo han hecho en el pasado.”  Claramente, él no está pensando en entrar en la Fuerza para secuestrar y matar como le cuenta que hacen los Carabineros, su amiga chilena de Instagram. Pero lo provoco para que desista de su decisión.  Por un momento, me pongo en el lugar del futuro instructor militar frente a una gran cantidad de “marcelos” que imaginan que entran a la institución para combatir las injusticias contra el pueblo.   Todo un desafío docente para el educador en las artes militares del estado.  Quizás tenga que recurrir al imaginario estudiantil construido en contacto permanente con los valores que promueve “la play” pero va a tener que elegir un juego donde policías maten terroristas.  Recuerdo que,  hace un tiempo no muy lejano, jugaban al “Counter Strike” que recrea precisamente ese escenario de combate.

A continuación alguien pregunta acerca del toque de queda, término que conocieron en estos días a través de los noticieros que, acompañaban el concepto con imágenes de represión en el país vecino.  Justo habíamos terminado la árida parte de Lógica en el encuentro anterior, ahora tocaba Etica, así que “fuerzo” levemente el temario y lo  desarrollo hacia dos preguntas. ¿Qué puedo hacer? Y ¿Qué debo hacer?  Todxs se muestran interesadxs sobre todo cuando les recuerdo que cuando yo tenía su edad, los militares  secuestraban y mataban en perfecta sintonía en ambos lados de la Cordillera.  En general coinciden en que las dictaduras están mal y que hay combatirlas.  En mi época de estudiante esta convicción no era mayoritaria y celebro el cambio aunque advierto que muchos creen que los militares son inofensivos.  Me parece que la clase que viene empiezo con Foucault.

El poder de la carne

 

Se aproxima el fin del ciclo lectivo y empezamos a pensar en el acto de egreso. Estamos en un Cens (antes Bachillerato de Adultos) y para las personas que allí concurren , en su mayoría personas mayores, terminar la escuela secundaria representa un antes y un después en sus vidas. El poder de la escuela y sus rituales de pasaje. Es por este motivo que me parece importante que tengan una despedida aunque sabemos que en la escuela no hay recursos que lo permitan.

Pienso que es una buena oportunidad para para afianzar vínculos, organizarnos, autoorganizarnos, profesores y estudiantes. Pero la tarea no resulta sencilla y mi propuesta no es muy original: rifar una canasta de alimentos para juntar dinero. Los productos los aportamos lxs profes, lxs estudiantes se encargar de vender los números. La iniciativa es recibida como se reciben las consignas de algún trabajo práctico: no hay entusiasmo, emerge la disposición al reclamo y la queja por tener que comprometerse, predomina el individualismo.  Algunxs proponen que es mejor poner un poco de plata cada unx y de ese modo garantizar los recursos que necesitamos. Pienso que en el mismo territorio que vio emerger iniciativas potentes como la del Movimiento de trabajadores desocupados de Solano ( Mtd) hace más de 20 años, hoy la disposición subjetiva para la autoorganización está quebrada, anulada por el asistencialismo que nos deja  pasivos, a la espera del don del estado, impotentes.

Pero de un costado del aula emerge una voz que advierte: poner la plata puede ser más cómodo pero hacer una rifa implica otro compromiso, tenemos que discutir, ponernos de acuerdo, pensar cosas juntxs, y eso genera lazos, es enriquecedor. Casi como por obra de magia, o de la persistencia, la iniciativa prende en el curso, se piensan alternativas, se discute como se haría, se eligen delegados para ir a hablar con el otro curso que también se egresa. El consenso es en torno a la iniciativa de la rifa, pero se duda que sortear. En un momento de crisis, la idea de la canasta me parece buena iniciativa, sin embargo no interpela demasiado y no logro advertir por qué.

En el recreo se acercan dos mujeres. “Profe, te vamos a decir por qué la canasta no va. ¿Vos sabes cómo hacen las personas acá para proveerse los alimentos? Te los baja la cooperativa, y si te quedas corta te vas a una marcha y te dan otro bolsón. Pero, ¿qué es lo que la cooperativa no te baja? La carne profe, la carne, acá la gente está desesperada por un poco de carne. Eso es lo que tenemos que sortear, y te la sacan de las manos la rifa”

De la explicación pragmática, materialista, sociológica de la estudiante a la promesa de campaña del asado que hace Alberto Fernandez. Todo cierra. Decidimos que esa sera la rifa y nos ponemos a pensar en el poder de la carne,,,